Sólo para pedantes
Retrato escrito
(Sólo para pedantes)
Político, según el diccionario, del latín políticus o del griego politikós: perteneciente o relativo a la política o arte de gobernar :: personaje versado en las cosas del gobierno y negocio del estado.
Nefando personaje abundante en demasía, prepotente ofensor sempiterno, cuya ramplonería importuna, a más que, con ríspido lenguaje, manifiesta la rusticidad de su origen y su enanez cultural.
Fervoroso adherente de la metempsicosis, considérase èlite predestinado al caudillaje, cual Augusto reencarnado y misfitica sus decires, ya que según él mismo: os magna sonaturum (considera que su palabra es divina).
Permanentemente anquilosado por la necrolatría oficialista y los lineamientos partidistas a los cuales se encuentra mentalmente esclavizado e, ignorante de su propia ignorancia, en el delirium tremens de su cándido triunfalismo propone, dispone y ejecuta execrable pillaje contra la humanidad votante a la que sus dineros debe.
Vocifera que errare humanum est, sin autoaplicarse tal locución y, sin ser consciente que non licet ómnibus adire Corínthum (no todos tienen la posibilidad de ir a Corinto), tasa por igual con la medida de su propio tope de inhumildad.
Incapaz directivo, incipiente legislador, de paupérrima retórica y mediana personalidad, su insufrible presencia mediática, fatiga hasta el hastío a quienes estoicamente soportamos sus caóticos decires.
Autoproclamado redentor de las causas fallidas aplica, verbigracia, una excelsa misoginia a la cruel masacre de las féminas en el norte del territorio; aún cuando reacio, de cierta manera, se permite aceptar en veces que non omnia póssumus omnes (no todos podemos hacer todo), aunque difícilmente supiera.
Permanentemente inmerso en su monumental mediocridad, profesa retrógrado malinchismo predicando depravado chauvinismo; dícese protector, pero exterioriza proteccionismo; asegura ser popular, sin admitir su populismo y, como casi todos los de su detestable especie, únicamente persigue su propia e infame heredad.
Aunque agradable conversador y de vez en tiempo pasadero camarada, su más repugnante y ominosa ofensa, es precisamente la de ser político y, además ejercerlo sin tocarse el corazón.
Obvio, con sus asegunes y honrosas excepciones.
R. Javier Zavala